Uñas

Hay que cortar las uñas redondeadas (así. Me estoy mirando las uñas ahora mismo), porque si no les salen picos y pueden clavarse en cualquier momento en cualquier cosa que toquemos. Las uñas deben ser redondeadas para deslizarse por la carne y no arañar, aunque la piel joven sea mullida y cálida y desprenda el olor dulce de lo que aún no conoce a fondo nada. (Me fumo un cigarro mientras escribo esto, llenando de nicotina mi piel). Las uñas dejan unas marcas enrojecidas que son como ríos surcando un cuerpo o como carreteras donde no importa el destino, sólo el recorrido. Y entonces la carne parece un mapa de algo intenso, donde las manos-fauces-garras se han dado un festín violento. Escuece. El músculo late bajo la piel como si otro cuerpo quisiera abrirse paso. Pero no, no hay más cuerpo que este que palpita (grita) y luego llega la calma. El mundo en calma. Y bajo las uñas redondeadas no debe haber piel ajena, sólo la sed satisfecha. Las yemas de los dedos con sus huellas como laberintos, porque están hechas para encontrarse con otras.

De pequeña me mordía las uñas, así que cualquier cosa que tocara con ellas me producía tiricia (“tiricia”, me ha hecho gracia escribir esta palabra), Las uñas son los dientes de la mano. Pero esto es algo que se descubre luego, mucho más tarde. 

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