La caza

Mi padre solía ir a cazar con nuestro perro cuando visitábamos el pueblo de mis abuelos. Recuerdo que se iba muy temprano por la mañana y al volver olía a piel, sangre y campo. No era un olor agradable, por eso lo recuerdo tan bien.
Yo veía a esos animalitos que traía colgando como títeres macabros, era repugnante pero a él no parecía importarle. Nunca lo entendí. Y empecé a odiar a Hemingway mucho antes de conocerle, pero era MI padre.
Algunos conejos, liebres o perdices se regalaban, cuando la cosa había ido bien. Se regalaban animales muertos como quien regala una tarta a su nuevo vecino.
Luego desde la cocina podía oír el ruido seco del hacha despedazando el cuerpo del animalito en cuestión. Esto lo hacía mi abuela. En pueblos como ese no se tiene sentido de lo siniestro porque es algo ambiental, están saturados de ello, por eso no son capaces de verlo.
Nunca los comíamos. Imagino que se reservaban para mis abuelos y yo siempre lo agradecí.
Antes de morir, nuestro perro envejeció y ya por entonces mi padre dejó de ir a cazar. Quería mucho a ese perro. Y no parecía tener consideración hacia los animales del campo, sin nombre ni cariño, hechos para que les disparen. Quiero decir con esto que la sensibilidad es una cualidad extraña.

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