Salitre

Lo que más me gusta de quedarme mirando fijamente algo, sin ver nada, es que seguramente nadie se esté dando cuenta de mi ausencia. Tampoco vestir de pájaro nos convierte en pájaro. También nosotros sufrimos la codicia del amor. El monopolio de los sentimientos en un mundo de engranajes oxidados y de carbón en el fondo del estómago. Vi a un hombre durmiendo en un portal y pensé en el nombre impronunciable de una estantería de Ikea. Cómo amueblar la carencia. Cómo se decora la mendicidad (no se puede, obvio).

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Estos días en los que el verano no admite enmiendas. Buceamos con los ojos abiertos en un mar que es salitre. Con los mismos ojos que miraron los cuadros conmovedores de un pintor extraño y desconocido. Aquello era arte. Esta sal que nos arde en las retinas es arte. Tu mano en el pecho de un joven que a duras penas respira es arte. ¿Qué nos queda en estas manos donde vienen a morir las rosas? Queda la esperanza de trascender. De que esto no sólo sea saliva y lágrimas y plasma y linfoma. Queda la certeza de que tanto en los cumpleaños como en los entierros, encendemos velas.

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