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Se puede tener un vestido sucio en el armario. Sucio de sangre, de tierra, de los olores de los guisos que hacía tu abuela los días de invierno. Ropa de memoria raída. Ropa de días concentrados como hormigas, negros y rojos. También tú trenzaste tu cabello con los hilos de la inocencia áspera. También nacieron pájaros de tus músculos. También palpaste tu esternón buscando cobijo.
Y fuiste el desayuno que nadie quiso fotografiar. Yo te conocí y enseguida entendí la esfera intocable de tu vida. Entendí esa miel amarga. Pero no lo suficiente. Como quien entrega su indigestión o transfiere sus emociones, por no estar solo. Sin aspirar a la correspondencia, sólo por ver cómo le queda a otro el traje que tejieron tus penas.

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