¡Vivan los muertitos!

Nunca le he visto demasiada gracia a disfrazarme, aunque lo achaco secretamente a una cuestión de ego: no me interesa jugar a ser otra persona o personaje. No disfrazarse como síntoma de ego, sí, ¿parece enrevesado? Aunque quizás no sea esa la razón y el verdadero motivo sea que no me gusta y punto. A veces existen las cosas que no gustan y punto, sin darle ninguna trascendencia o explicación psicológica. Vivimos en una generación muy psicologista. Por eso, no es que me alegre de que Halloween se haya acabado implantado como una fiesta aquí, un país para el que la muerte es algo casi sacramental. Cuidado con hablar de la muerte, nos decían, si se la invoca aunque sea a través de un inocente comentario, acudirá. Sin apenas darnos cuenta hemos pasado de hablar bajito de la muerte a festejarla abiertamente.

Me gusta que poco a poco se le vaya quitando dramatismo a la idea de morirse y de los muertos. Quizás porque desde niña me obsesionó la idea de “dejar de estar” en el mundo, y a pesar de que mi primera muerta me llegó con casi 25 años, siempre me sentí muy cercana al sentimiento de pérdida. Miento: mi primera muerte fue la de mi perro. Es el primer ser del que me tuve que despedir “de verdad”. Para siempre. Creo que el primer ser querido que uno ve morir marca el resto de nuestra relación con la muerte. Yo quería mucho a mi perro. Sólo con las criaturas que son capaces de hacerte llorar cuando las recuerdas, haya pasado el tiempo que haya pasado, te das cuenta de que la vida es algo. No sé muy bien el qué, pero algo que genera una magia que merece la pena. ¿Me estoy poniendo muy mística? No sé, pero ¿veis? Ya estoy llorando. Luego se murió mi abuela y luego mi abuelo y luego otra persona y ya está. La vida sigue y pasa lista. Ojalá nunca muriera nadie.

Algunos adultos nunca piensan en la muerte y eso no me parece que sea un buen modo de vivir. Los muertos también tienen su corazoncito. Tenemos mucho que aprender de otros países, en ese sentido. Desde México o China, hasta EE.UU, donde la muerte es un valor financiero y esa filosofía ha empapado todos los ámbitos, hasta los más íntimos y familiares.

calavera

¡Celebremos!:

– Robar una flor del cementerio y colocándola en nuestra oreja. Somos un cuadro de Julio Romero de Torres.

– Subir a la azotea de un edificio muy alto. Mirar abajo y CONSTATAR que no quieres lanzarte. Sentir el miedo a caer y el miedo a querer caer.

– Vestirte de negro pero llevar la ropa interior y los calcetines muy coloridos. Bajo esa imagen lúgubre se esconde un espíritu muy divertido!

– Hacerte el muerto/a a la hora de la siesta y que no se te escape la risa (esta sólo es válida si vives con alguien).

– Observar a un grupo de viejecitas enlutadas y decidir, con mucha intuición y muy a largo plazo, cuál de ellas serás en el futuro. Auto-asignarte una vejez, la que más te guste.

– Dormir con los brazos en cruz sobre tu pecho como si fueras Nosferatu. Pero en lugar de ponerlos en forma de aspa (X), ponerlos como si fueran una cruz normal (vertical y travesaño).

– Llorar con un capítulo de Futurama. El del perro de Fry, por ejemplo.

– Agarrar el cráneo de tu mejor amigo, vivo, unido a su cuerpo, y recitar el “Ser o no ser” de Hamlet como si fuera el cráneo inanimado original.

– Pintarte los labios negros y besar apasionadamente a alguien. El auténtico beso de la Muerte.

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