Cuando era más joven
no sabía nombrar a la muerte.
No como ahora,
que digo muerte y me succiona
el pecho
y digo pájaro o pluma
porque miro mis pies con extrañeza.
Mis pies extraños de niña-mujer-muerte no terrestre.
En estas mismas rocas
naufragó tu dinastía de fuego
en estas mismas algas
también tus manos olían verde
olían húmedas.
Cambia el pez,
nunca la marea.
Aquí lamer la sal
la inmensa herida,
en la costra del sol.
Debajo de esta arena
yace un tiempo demasiado seco,
el nudo con el que está amarrada
la fibra mínima
de los recuerdos.

[aprendí a decir muerte,
jamás muerto]

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